domingo, 22 de febrero de 2009

sobre el museo de bellas artes...

OTRA MIRADA

El sol amenazante de una espléndida tarde de febrero acelera el ritmo de cualquier caminante porteño, sus ansias por algún resguardo a la sombra lo conectan con visitas poco habituales para un día laboral.
Desde el puente que decora el aire del lugar, los carriles se definen como líneas infinitas y perfectas. Pero desde abajo, para acceder a la isla a la que pertenece el museo de Bellas Artes se deben saltear obstáculos como en una pista de super 8.
Si el viaje hasta allí resultó algo tedioso, es una satisfacción saber que el acceso al museo es libre y gratuito.
El objetivo de la visita: las pinturas y esculturas que comprenden las décadas del 60-70, el método es la observación y contemplación del espíritu que define una época.
Se extiende ante el visitante una sala amplia con recovecos que ordenan arbitrariamente el espacio. La sala iluminada con luz tenue, seleccionada de acuerdo a los objetos de arte expuestos. El ruido queda atrás, aquí el silencio casi de misa se hace audible.
El guardia de seguridad observa distante los pasos de los visitantes queriendo colarse en cada recorrido, aunque los turistas no parecen muy amigables.
Cuando la sala se detiene en el horror que la década del 70 imprime en la historia, él se acerca despacio, tímidamente, con sus manos cruzadas por delante. Irrumpe con la estática de los cuadros estancados y el arte muerto en la pared.
-¿Escúcheme señorita, quiere que le cuente sobre estas esculturas y la interpretación de ese cuadro? Le expresa así el guardia de seguridad a una chica que amablemente contesta que si. El guardia con su índice señala la obra “La distancia”, dónde un hombre aparece como observando o vigilando, subido a una silla, detrás de los ladrillos...como detrás de la ciudad, como detrás de la vida de los otros, o la muerte de los otros le agrega ella en voz alta.
Convergen las miradas, ella deja que su voz participe y unos minutos después el recorrido continúa solitario.
La libertad, el color y la euforia de expresión artística emborrachan el espacio que antecede a los 70.
El arte óptico, Marta Minujín, Felipe Noé. El pop, y una pieza de arte de los grandes como Greco, conviven en esta sala. Una mezcla de comprensiones y expresiones de la realidad componen este espacio recortado para interpretar el espíritu y el olor de los años 60.
Minutos mas tarde el museo se pierde, te deja un sabor extraño, un idioma del olvido que se pliega en la historia para no ser exhibido jamás.
La tarde cae en Buenos Aires, la temperatura del ocaso relaja los pasos apurados, de vuelta los autos, de vuelta la vida.

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